¿QUIÉN SOY YO PARA JUZGAR? José Antonio Pagola

27 de octubre de 2013
30 Tiempo ordinario (C)
Lucas 18, 9-14
En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús
esta parábola:
– Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior:
«¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos
veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo».
El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo:
«¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador».
Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será
enaltecido.
Pariseua eta zerga-batzailea. Biak otoizlari. Bataren otoitza zintzoa, bestearena arrokerizkoa, ostera.

¿QUIÉN SOY YO PARA JUZGAR?
La parábola del fariseo y el publicano suele despertar en no pocos cristianos un rechazo
grande hacia el fariseo que se presenta ante Dios arrogante y seguro de sí mismo, y una
simpatía espontánea hacia el publicano que reconoce humildemente su pecado.
Paradójicamente, el relato puede despertar en nosotros este sentimiento: “Te doy gracias,
Dios mío, porque no soy como este fariseo”.
Para escuchar correctamente el mensaje de la parábola, hemos de tener en cuenta que
Jesús no la cuenta para criticar a los sectores fariseos, sino para sacudir la conciencia de
“algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los
demás”. Entre estos nos encontramos, ciertamente, no pocos católicos de nuestros días.
La oración del fariseo nos revela su actitud interior: “¡Oh Dios! Te doy gracias porque
no soy como los demás”. ¿Que clase de oración es esta de creerse mejor que los demás?
Hasta un fariseo, fiel cumplidor de la Ley, puede vivir en una actitud pervertida. Este hombre
se siente justo ante Dios y, precisamente por eso, se convierte en juez que desprecia y
condena a los que no son como él.
El publicano, por el contrario, solo acierta a decir: “¡Oh Dios! Ten compasión de este
pecador”. Este hombre reconoce humildemente su pecado. No se puede gloriar de su vida. Se
encomienda a la compasión de Dios. No se compara con nadie. No juzga a los demás. Vive en
verdad ante sí mismo y ante Dios.
La parábola es una penetrante crítica que desenmascara una actitud religiosa engañosa,
que nos permite vivir ante Dios seguros de nuestra inocencia, mientras condenamos desde
nuestra supuesta superioridad moral a todo el que no piensa o actúa como nosotros.
Circunstancias históricas y corrientes triunfalistas alejadas del evangelio nos han
hecho a los católicos especialmente proclives a esa tentación. Por eso, hemos de leer la
parábola cada uno en actitud autocrítica: ¿Por qué nos creemos mejores que los agnósticos?
¿Por qué nos sentimos más cerca de Dios que los no practicantes? ¿Qué hay en el fondo de
ciertas oraciones por la conversión de los pecadores? ¿Qué es reparar los pecados de los
demás sin vivir convirtiéndonos a Dios?
Recientemente, ante la pregunta de un periodista, el Papa Francisco hizo esta
afirmación: “¿Quién soy yo para juzgar a un gay?”. Sus palabras han sorprendido a casi todos.
Al parecer, nadie se esperaba una respuesta tan sencilla y evangélica de un Papa católico. Sin
embargo, esa es la actitud de quien vive en verdad ante Dios.
José Antonio Pagola

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