¿SEGUIMOS CREYENDO EN LA JUSTICIA? (J.A. PAGOLA)

20 de octubre de 2013
29 Tiempo ordinario (C)
San Lucas 18,1-8

En aquel tiempo, Jesús, para explicar a los discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola:
– Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres.
En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: «Hazme justicia frente a mi adversario»; por algún tiempo se negó, pero
después se dijo: «Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esa viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar
pegándome en la cara».
Y el Señor añadió:
– Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?, ¿o les dará largas? Os digo
que les hará justicia sin tardar. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?
Auzi-epaile lotsagabearen eta emakume alargun gogaikarriaren parabolak otoitzean iraunkorrak izatera bultzatzen gaitu. Jaungoikoa entzuteko prest izango dugu.

¿SEGUIMOS CREYENDO EN LA JUSTICIA?
Lucas narra una breve parábola indicándonos que Jesús la contó para explicar a sus discípulos
“cómo tenían que orar siempre sin desanimarse”. Este tema es muy querido al evangelista que, en
varias ocasiones, repite la misma idea. Como es natural, la parábola ha sido leída casi siempre como una
invitación a cuidar la perseverancia de nuestra oración a Dios.
Sin embargo, si observamos el contenido del relato y la conclusión del mismo Jesús, vemos que
la clave de la parábola es la sed de justicia. Hasta cuatro veces se repite la expresión “hacer justicia”.
Más que modelo de oración, la viuda del relato es ejemplo admirable de lucha por la justicia en medio
de una sociedad corrupta que abusa de los más débiles.
El primer personaje de la parábola es un juez que “ni teme a Dios ni le importan los hombres”.
Es la encarnación exacta de la corrupción que denuncian repetidamente los profetas: los poderosos no
temen la justicia de Dios y no respetan la dignidad ni los derechos de los pobres. No son casos
aislados. Los profetas denuncian la corrupción del sistema judicial en Israel y la estructura machista
de aquella sociedad patriarcal.
El segundo personaje es una viuda indefensa en medio de una sociedad injusta. Por una parte,
vive sufriendo los atropellos de un “adversario” más poderoso que ella. Por otra, es víctima de un juez
al que no le importa en absoluto su persona ni su sufrimiento. Así viven millones de mujeres de todos
los tiempos en la mayoría de los pueblos.
En la conclusión de la parábola, Jesús no habla de la oración. Antes que nada, pide confianza en
la justicia de Dios: “¿No hará Dios justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?”. Estos elegidos no
son “los miembros de la Iglesia” sino los pobres de todos los pueblos que claman pidiendo justicia. De
ellos es el reino de Dios.
Luego, Jesús hace una pregunta que es todo un desafío para sus discípulos: “Cuando venga el
Hijo del Hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?”. No está pensando en la fe como adhesión
doctrinal, sino en la fe que alienta la actuación de la viuda, modelo de indignación, resistencia activa y
coraje para reclamar justicia a los corruptos.
¿Es esta la fe y la oración de los cristianos satisfechos de las sociedades del bienestar?
Seguramente, tiene razón J. B. Metz cuando denuncia que en la espiritualidad cristiana hay
demasiados cánticos y pocos gritos de indignación, demasiada complacencia y poca nostalgia de un
mundo más humano, demasiado consuelo y poca hambre de justicia.
José Antonio

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